No se trata de una exclusiva, de una nota innovadora, de algo de lo que nadie jamás haya hablado o de lo que jamás se haya escrito, se trata de un hombre que se mueve por pasiones, por naturalidad, por sentimientos, sinceridad y sueños, de un tipo que buscó un camino para llegar a ser lo que quería ser, que tiene códigos, carisma y una certeza que se vislumbra en sus ojos cuando se lo mira fijo, el automovilismo es lo que lo hace feliz.
El apellido Pernía es más que un nombre propio, se trata de una trayectoria familiar repartida entre las dos pasiones más grande del país, el fútbol y la velocidad. No obstante, pese a que podría tratarse de una tradición, lo que lo mueve a Leonel no es el hecho de hacer lo que hizo su papá, sino su carácter, carácter que lo llevó a empezar de cero para poder tocar el cielo de sus deseos forjando una ruta que tuvo al fútbol como medio para un fin justificado.
“La pasión mía es el automovilismo y se dio que hice fútbol primero porque la vida lo quiso así, yo jugaba mas o menos bien y es como que nunca tuve la posibilidad de arrancar de chico con los fierros, porque para correr necesitas mucha plata, para subirte a un auto de carrera y poder mostrarte necesitas de ello, en el fútbol con un par de botines vas y te probas, me parece que esa facilidad para medirte si sos bueno o no es lo que terminó marcando la diferencia de porqué empecé en fútbol, pero en definitiva la pasión que tengo por los fierros me fue volcando al automovilismo y cuando pude metí el cambio”. No hay duda de que lo que dice es verdad, por una simple razón, la sinceridad que se refleja en su mirada a la hora de hablar de lo que ama y de cómo usaba lo que ganaba en el fútbol para poder correr un zonal y poco a poco ir saciando la sed de la adrenalina única que puede producir el rugir de un motor.
Con una sonrisa permanente, característica del “Tanito”, la buena onda y siempre sacando las palabras del alma, el tandilense pareciera tener las definiciones justas para explicar porqué un casco o un volante pueden más que la redonda y los botines.
“Cuando yo jugaba y entraba a un estadio, lo único que sentía era la responsabilidad de jugar bien para el equipo o el entrenador, para seguir jugando de titular y para mantener mi trabajo, entrando a un autódromo yo soy feliz, es lo mío, es lo que me gusta, no veo la hora de salir a dar una vuelta al circuito, de verlo, de charlar con los mecánicos, ir al taller, es lo mío, nunca salí a ver cómo estaba el pasto de una cancha, pero si siempre fui de dejarlo todo en el fútbol y es mi segunda pasión, pero me marca mucho el automovilismo”.
“Dejarlo todo” podría ser la frase de cabecera de Pernía, y es que basta hablar cinco minutos con él para ver al hombre que va de frente, con una personalidad fuerte y que dice presente ya sea por sus ideales inmutables, el saber porqué algo sale o no, el no cambiar de ánimo según los resultados, la persona que vive con naturalidad las circunstancias deportivas por tener la tranquilidad de que siempre lo deja todo, como un ave que no para el vuelo entregando siempre el corazón. Un corazón que quiso latir por si solo, no por llevar un legado o un apellido, algo que tuvo en claro desde chico y que entre muchas risas recuerda hasta asumiendo locura.
“En una prueba de la quinta división en San Lorenzo dije que era Pérez, pusieron a todos los chicos, dijeron apellido y puesto y yo dije Pérez de 4 y después dieron el equipo me nombraron y yo no arrancaba para la cancha porque me había olvidado que había dicho que era Pérez, cuando me gritaron de cuatro Pérez ahí me acordé que había dicho que era Pérez, porque si quedaba no quería que fuera porque era Pernía o el hijo de Pernía, quería que sea por si era bueno o no”.
Más allá de las miradas obligadas por ser el hijo del “Tano”, Leo sabe que el deporte es más que el desarrollo de una actividad, es aprender a derribar murallas, es levantarse de cada caída, sacudir el polvo y seguir pese a la presión, es aprender a vivir, es educar a los sueños, es ir por el todo que van todos y eso es lo que le enseñó más que nada la redonda, “el fútbol me ayudó para adquirir la lucha del día a día por el puesto, esa competencia que existe continuamente, la realidad es que de lunes a viernes te jugas el puesto y esa competencia me hizo fuerte a la hora de entrar al automovilismo, entré con esa base de competencia que los chicos lo traen del karting y la realidad es que si entras siendo medio tiernito te pasan por arriba. El piloto sabe lo que es sufrir, la mayoría de los pilotos son muy sacrificados, el piloto tiene que correr atrás de las publicidad, hacer andar el auto, elegir el motor, tiene que hacer un montón de cosas durante la semana que lo hace llegar al fin de semana habiendo tenido que caminar bastante la calle, el futbolista se levanta, entrena fuerte y si sos bueno terminas triunfando, el automovilista te podes levantar, entrenar, ser bueno y no juntar la plata para correr, eso es lo que lo hace más cuesta arriba, la mayoría ha fundido para correr y es lo que hace más sufrido al deporte”.
Y en esa cuesta arriba él es feliz, y claro si ser el “Tanito” Pernía le dio todo lo que quería ser, sin importar el camino elegido porque nada se compara con estar esos minutos previos en el vestuario pegando la casaca al pecho para salir a la cancha, encontrándote tal vez en el potrero con el miserable o el talentoso que seguramente también se encuentra en la vida, asimilando esa tensión, ese nerviosismo, los diez minutos previos antes de estar atado en el auto siendo solo uno, maquina y hombre, aprendiendo de una o ambas pasiones que se llevan en las venas sin que importe el rival o el lugar, haciendo que se crezca día a día siendo uno, manteniendo la esencia, la sensibilidad para sentir el orgullo de que un hermano está en la cancha jugando un mundial contra Rumania y pateando la pelota vaya uno a saber dónde, haciendo que tiemblen las piernas más de 20 minutos como cuando estuvo el valor de salir a la cancha en un partido de reserva River-Boca sin poder caer ni ubicarse en tiempo y espacio, sintiendo que adentro de uno se hace esa maraña de hormigas que caminan por todo el cuerpo, paralizan y producen una mezcla de emoción y adrenalina inexplicable, la misma que aparece al subirse a lo más alto del podio por primera vez mirar a todos desde arriba no por ego sino por que se luchó, se consiguió, se llegó y se alcanzó siendo siempre el mismo, un ser pensante y natural y con toda la pasión que lo hace ser quien es.

No se trata de una exclusiva, de una nota innovadora, de algo de lo que nadie jamás haya hablado o de lo que jamás se haya escrito, se trata de un hombre que se mueve por pasiones, por naturalidad, por sentimientos, sinceridad y sueños, de un tipo que buscó un camino para llegar a ser lo que quería ser, que tiene códigos, carisma y una certeza que se vislumbra en sus ojos cuando se lo mira fijo, el automovilismo es lo que lo hace feliz.
El apellido Pernía es más que un nombre propio, se trata de una trayectoria familiar repartida entre las dos pasiones más grande del país, el fútbol y la velocidad. No obstante, pese a que podría tratarse de una tradición, lo que lo mueve a Leonel no es el hecho de hacer lo que hizo su papá, sino su carácter, carácter que lo llevó a empezar de cero para poder tocar el cielo de sus deseos forjando una ruta que tuvo al fútbol como medio para un fin justificado.
“La pasión mía es el automovilismo y se dio que hice fútbol primero porque la vida lo quiso así, yo jugaba mas o menos bien y es como que nunca tuve la posibilidad de arrancar de chico con los fierros, porque para correr necesitas mucha plata, para subirte a un auto de carrera y poder mostrarte necesitas de ello, en el fútbol con un par de botines vas y te probas, me parece que esa facilidad para medirte si sos bueno o no es lo que terminó marcando la diferencia de porqué empecé en fútbol, pero en definitiva la pasión que tengo por los fierros me fue volcando al automovilismo y cuando pude metí el cambio”. No hay duda de que lo que dice es verdad, por una simple razón, la sinceridad que se refleja en su mirada a la hora de hablar de lo que ama y de cómo usaba lo que ganaba en el fútbol para poder correr un zonal y poco a poco ir saciando la sed de la adrenalina única que puede producir el rugir de un motor.
Con una sonrisa permanente, característica del “Tanito”, la buena onda y siempre sacando las palabras del alma, el tandilense pareciera tener las definiciones justas para explicar porqué un casco o un volante pueden más que la redonda y los botines.
“Cuando yo jugaba y entraba a un estadio, lo único que sentía era la responsabilidad de jugar bien para el equipo o el entrenador, para seguir jugando de titular y para mantener mi trabajo, entrando a un autódromo yo soy feliz, es lo mío, es lo que me gusta, no veo la hora de salir a dar una vuelta al circuito, de verlo, de charlar con los mecánicos, ir al taller, es lo mío, nunca salí a ver cómo estaba el pasto de una cancha, pero si siempre fui de dejarlo todo en el fútbol y es mi segunda pasión, pero me marca mucho el automovilismo”.
“Dejarlo todo” podría ser la frase de cabecera de Pernía, y es que basta hablar cinco minutos con él para ver al hombre que va de frente, con una personalidad fuerte y que dice presente ya sea por sus ideales inmutables, el saber porqué algo sale o no, el no cambiar de ánimo según los resultados, la persona que vive con naturalidad las circunstancias deportivas por tener la tranquilidad de que siempre lo deja todo, como un ave que no para el vuelo entregando siempre el corazón. Un corazón que quiso latir por si solo, no por llevar un legado o un apellido, algo que tuvo en claro desde chico y que entre muchas risas recuerda hasta asumiendo locura.
“En una prueba de la quinta división en San Lorenzo dije que era Pérez, pusieron a todos los chicos, dijeron apellido y puesto y yo dije Pérez de 4 y después dieron el equipo me nombraron y yo no arrancaba para la cancha porque me había olvidado que había dicho que era Pérez, cuando me gritaron de cuatro Pérez ahí me acordé que había dicho que era Pérez, porque si quedaba no quería que fuera porque era Pernía o el hijo de Pernía, quería que sea por si era bueno o no”.
Más allá de las miradas obligadas por ser el hijo del “Tano”, Leo sabe que el deporte es más que el desarrollo de una actividad, es aprender a derribar murallas, es levantarse de cada caída, sacudir el polvo y seguir pese a la presión, es aprender a vivir, es educar a los sueños, es ir por el todo que van todos y eso es lo que le enseñó más que nada la redonda, “el fútbol me ayudó para adquirir la lucha del día a día por el puesto, esa competencia que existe continuamente, la realidad es que de lunes a viernes te jugas el puesto y esa competencia me hizo fuerte a la hora de entrar al automovilismo, entré con esa base de competencia que los chicos lo traen del karting y la realidad es que si entras siendo medio tiernito te pasan por arriba. El piloto sabe lo que es sufrir, la mayoría de los pilotos son muy sacrificados, el piloto tiene que correr atrás de las publicidad, hacer andar el auto, elegir el motor, tiene que hacer un montón de cosas durante la semana que lo hace llegar al fin de semana habiendo tenido que caminar bastante la calle, el futbolista se levanta, entrena fuerte y si sos bueno terminas triunfando, el automovilista te podes levantar, entrenar, ser bueno y no juntar la plata para correr, eso es lo que lo hace más cuesta arriba, la mayoría ha fundido para correr y es lo que hace más sufrido al deporte”.
Y en esa cuesta arriba él es feliz, y claro si ser el “Tanito” Pernía le dio todo lo que quería ser, sin importar el camino elegido porque nada se compara con estar esos minutos previos en el vestuario pegando la casaca al pecho para salir a la cancha, encontrándote tal vez en el potrero con el miserable o el talentoso que seguramente también se encuentra en la vida, asimilando esa tensión, ese nerviosismo, los diez minutos previos antes de estar atado en el auto siendo solo uno, maquina y hombre, aprendiendo de una o ambas pasiones que se llevan en las venas sin que importe el rival o el lugar, haciendo que se crezca día a día siendo uno, manteniendo la esencia, la sensibilidad para sentir el orgullo de que un hermano está en la cancha jugando un mundial contra Rumania y pateando la pelota vaya uno a saber dónde, haciendo que tiemblen las piernas más de 20 minutos como cuando estuvo el valor de salir a la cancha en un partido de reserva River-Boca sin poder caer ni ubicarse en tiempo y espacio, sintiendo que adentro de uno se hace esa maraña de hormigas que caminan por todo el cuerpo, paralizan y producen una mezcla de emoción y adrenalina inexplicable, la misma que aparece al subirse a lo más alto del podio por primera vez mirar a todos desde arriba no por ego sino por que se luchó, se consiguió, se llegó y se alcanzó siendo siempre el mismo, un ser pensante y natural y con toda la pasión que lo hace ser quien es.



