Se calza el casco y se sube a la máquina del tiempo de las tristezas y alegrías. Acelera a fondo como si pudiese escapar de las presiones ejercidas por la profesión que más de una vez lo hizo brillar.
Su realidad es el sueño de muchos, el de quellos que intentan saciar la sed a través de un juego que simula la aceleración de las pulsaciones ejercidas por la velocidad.
Sus triunfos lo convirtieron en héroe, en ídolo de una marca o una tribuna, su carisma lo puso en lo alto del deporte, la pasión lo llevó a ser reconocido entre sus amigos y rivales. Lo quieren por subirse a un podio, por defender una marcar o por ser aguerrido en pista y dar espectáculo. Lo ignoran por ser cauteloso, por cuidar el auto o por ser poco efusivo.
Los autódromo de todos los territorios son su hogar, los mecánicos y colegas su familia, el aroma del asado de la tribuna es su tentación y las escapadas del cuartel antes de un sábado de clasificación su perdición.
Ese sueño y amor se transformó en compromiso y toleración, antes ganaba por la gloria y por el honor de ser el campeón, una vez profesionalizada su pasión, ganar significa obligación y necesidad.
Con los pro y las contras siempre marcha hacia una nueva fecha, porque la presión de los empresarios y dueños de equipo no se compara con el rugir del motor que acelera su vida. Cada semáforo verde da a luz su nacimiento y cada bandera a cuadros entierra sus anhelos hasta la próxima competencia en la que siempre resucita.
Se casó con su pasión y quedó apresado a ella, lo amenaza, lo juzga, un día le da la gloria y al otro el infierno, lo sube a la cima y lo deja en el fondo, pero siempre encuentra consuelo recordando el amor que siente y el coraje que le da fuerzas para no frenar nunca, porque tiene objetivos y sabe que los puede alcanzar, porque él no respira ruge, su corazón no late, carbura, como lo hacen esas máquinas inanimadas que le dan felicidad.
Vive enamorado como la primera vez y cuando el motor o algún artefacto dice basta, él para, pero momentáneamente porque él nunca abandona.

Se calza el casco y se sube a la máquina del tiempo de las tristezas y alegrías. Acelera a fondo como si pudiese escapar de las presiones ejercidas por la profesión que más de una vez lo hizo brillar.
Su realidad es el sueño de muchos, el de quellos que intentan saciar la sed a través de un juego que simula la aceleración de las pulsaciones ejercidas por la velocidad.
Sus triunfos lo convirtieron en héroe, en ídolo de una marca o una tribuna, su carisma lo puso en lo alto del deporte, la pasión lo llevó a ser reconocido entre sus amigos y rivales. Lo quieren por subirse a un podio, por defender una marcar o por ser aguerrido en pista y dar espectáculo. Lo ignoran por ser cauteloso, por cuidar el auto o por ser poco efusivo.
Los autódromo de todos los territorios son su hogar, los mecánicos y colegas su familia, el aroma del asado de la tribuna es su tentación y las escapadas del cuartel antes de un sábado de clasificación su perdición.
Ese sueño y amor se transformó en compromiso y toleración, antes ganaba por la gloria y por el honor de ser el campeón, una vez profesionalizada su pasión, ganar significa obligación y necesidad.
Con los pro y las contras siempre marcha hacia una nueva fecha, porque la presión de los empresarios y dueños de equipo no se compara con el rugir del motor que acelera su vida. Cada semáforo verde da a luz su nacimiento y cada bandera a cuadros entierra sus anhelos hasta la próxima competencia en la que siempre resucita.
Se casó con su pasión y quedó apresado a ella, lo amenaza, lo juzga, un día le da la gloria y al otro el infierno, lo sube a la cima y lo deja en el fondo, pero siempre encuentra consuelo recordando el amor que siente y el coraje que le da fuerzas para no frenar nunca, porque tiene objetivos y sabe que los puede alcanzar, porque él no respira ruge, su corazón no late, carbura, como lo hacen esas máquinas inanimadas que le dan felicidad.
Vive enamorado como la primera vez y cuando el motor o algún artefacto dice basta, él para, pero momentáneamente porque él nunca abandona.



