Su cobertura sobrepasa los días, nunca tiene un escenario fijo, las emociones varían en cada milésima de tiempo. Vive lejos de su familia y lentamente su vida se transformó en un viaje sin fin junto a cada auto que transite un autódromo del país.
Es el oráculo de las pistas, el que va y viene, el que lo disfruta y el que ya no. Es el que alguna vez lo movió el deseo y ahora, como al piloto, lo mueve la presión de una pasión profesionalizada. Se mueve al ritmo de los impulsores y no tiene entretiempos.
Está el reconocido, el no tanto, el de una carrera, el de todas, el simpático, el cauteloso, el chismoso, el que todos conocen, el que esquivan, el de la primicia, el de confianza, el que no le quedó otra, el apasionado, el que se acostumbra, el que está cansado de viajar, el novato que sólo quiere viajar, el que cayó de rebote o el que no puede llegar.
Grabador, micrófono o anotador en mano pasean por la calle de boxes como hormigas en buscan de comida en medio de un “piknik”. El periodista de automovilismo no es igual a los demás, pasa jornadas enteras con los protagonistas, viaja con ellos, crea una relación, una simbiosis que lo hace distinto al resto. No necesita matarse por una nota, porque tiene inmensidades de caminos para llegar a ella, puede golpear la puerta de una casilla, esperar en boxes o quizás hasta encontrarse al sujeto en el hotel e inclusive, aprovechar el picadito del aeropuerto mientras esperan todos juntos el avión.
Sabe que una vez iniciada la temporada su hogar serán las habitaciones de los hoteles, los micros incómodos, los viajes eternos, la comida distinta de cada provincia, sus colegas, los pilotos, las promotoras. Su vida es así, siempre en pista, sin parada en boxes.
La bandera a cuadros, para él, es el semáforo en verde. Duerme poco y vive mucho. Anda uniformado porque él lleva su propia camiseta y aunque haya rivalidades, diferentes equipos o aunque todos quieran la pole, siempre juegan juntos, aunque no lo noten siempre tiran para el mismo lado, porque comparten más de lo que se imaginan, mucho más que una simple sala de prensa.
El periodista de las pistas, sabe que el automovilismo no son sólo autos o buenas curvas, entiende el más allá y lo respeta. No se amontona, explica, espera y habla de lo que tiene que hablar. Ante los malos momentos su palabra son las que importan en los medios, porque es el que lo vive y entiende, porque nada mejor que un automovilismo hecho por gente del automovilismo.

Su cobertura sobrepasa los días, nunca tiene un escenario fijo, las emociones varían en cada milésima de tiempo. Vive lejos de su familia y lentamente su vida se transformó en un viaje sin fin junto a cada auto que transite un autódromo del país.
Es el oráculo de las pistas, el que va y viene, el que lo disfruta y el que ya no. Es el que alguna vez lo movió el deseo y ahora, como al piloto, lo mueve la presión de una pasión profesionalizada. Se mueve al ritmo de los impulsores y no tiene entretiempos.
Está el reconocido, el no tanto, el de una carrera, el de todas, el simpático, el cauteloso, el chismoso, el que todos conocen, el que esquivan, el de la primicia, el de confianza, el que no le quedó otra, el apasionado, el que se acostumbra, el que está cansado de viajar, el novato que sólo quiere viajar, el que cayó de rebote o el que no puede llegar.
Grabador, micrófono o anotador en mano pasean por la calle de boxes como hormigas en buscan de comida en medio de un “piknik”. El periodista de automovilismo no es igual a los demás, pasa jornadas enteras con los protagonistas, viaja con ellos, crea una relación, una simbiosis que lo hace distinto al resto. No necesita matarse por una nota, porque tiene inmensidades de caminos para llegar a ella, puede golpear la puerta de una casilla, esperar en boxes o quizás hasta encontrarse al sujeto en el hotel e inclusive, aprovechar el picadito del aeropuerto mientras esperan todos juntos el avión.
Sabe que una vez iniciada la temporada su hogar serán las habitaciones de los hoteles, los micros incómodos, los viajes eternos, la comida distinta de cada provincia, sus colegas, los pilotos, las promotoras. Su vida es así, siempre en pista, sin parada en boxes.
La bandera a cuadros, para él, es el semáforo en verde. Duerme poco y vive mucho. Anda uniformado porque él lleva su propia camiseta y aunque haya rivalidades, diferentes equipos o aunque todos quieran la pole, siempre juegan juntos, aunque no lo noten siempre tiran para el mismo lado, porque comparten más de lo que se imaginan, mucho más que una simple sala de prensa.
El periodista de las pistas, sabe que el automovilismo no son sólo autos o buenas curvas, entiende el más allá y lo respeta. No se amontona, explica, espera y habla de lo que tiene que hablar. Ante los malos momentos su palabra son las que importan en los medios, porque es el que lo vive y entiende, porque nada mejor que un automovilismo hecho por gente del automovilismo.



